Locos recuerdos de un adolescente loco...

Estuve recordando cómo de niño soñaba  con ensamblar una escalera tan alta que me permitiera subir una noche de luna llena y bajar  una estrella hasta mi jardín de luz.

Luego, esa imagen adquirió un sentido nefasto  cuando me enamoré de una caprichosa vecina un  año mayor. Una eternidad tratándose de los quince. 


Todo iba bien hasta que me exigió, acorde a mis delirios poéticos, un cuerpo celeste.

-Quiero esa ESTRELLA de allá, -me dice, apuntando su dedo hacia el firmamento- y la quiero para el fin de semana, -insiste, seria e imperturbable-.

-Es metafórico, le explico, ES POESÍA.

-Bueno, la prueba de amor que me pides no lo es. Así es que para que te sirva de lección, -me replica, furiosa,  reforzando el mensaje con una bofetada de esas que se usaban emulando las telenovelas ochenteras- me traes la estrella o no me busques más.

Y se fue, dando un portazo bestial que soltó los goznes de mi corazón adolescente y dio con nuestro amago de relación por el suelo. Ahí se trizaba mi sueño de poeta de porquería.

Y así, fortalecido con esos primeros flirteos con la resiliencia, le di     la más cordial bienvenida a la prosa y al amor más utilitario.


Desde ese doloroso y enriquecedor aprendizaje, sólo prometí  viajes a la costa, suscripciones a Cosmopolitan, una tarde en Fantasilandia. Todas, promesas cumplidas por cierto,  y con el comprobante respectivo para rendir gastos a mamá que siempre me remesó, hasta que vio la boleta  famosa del motel... 

Y cómo iba a adivinar que mamá no quería saber lo que es normal que uno haga en esa edad tan iniciática de los quince…

Estos recuerdos continuarán…sin razón aparente…
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