Segunda parte de los locos recuerdos de un adolescente loco

Cumplíamos 1 año de una relación indefinible: pareja, novios, o muy buenos amigos; confieso que nunca me quedó claro qué éramos o qué no éramos. Recuerdo que ese día iba firmemente decidido a preguntarle, quiero que definas lo nuestro. Les prometo que se lo iba a preguntar, ¿dudan?. Pero si de hecho su respuesta le daría el justo sentido  a mi presencia echando abajo la puerta de su casa un invernal domingo a las 8 de la mañana. 

Pero todo se dio mal.

Primero, no la encontré en casa y luego no me supieron dar una explicación coherente de dónde buscarla. Toda mi vida ha sido una búsqueda. Ante mi insistencia su abuelo me correteó afortunadamente con pésima puntería. Uno de sus primos reía de lo más bien dentro de la casa y yo procuraba esquivar con dignidad mi mala estrella.
Recuerdo que le comenté, a modo de desahogo, a una vecina curiosa, que no existía respeto hacia mí. Ella, compasiva,  me orientó. A quien buscas está en todas partes me dijo, y claro, yo deduje que se refería a la pertenencia a un  grupo religioso.

No lejos de su casa di con una especie de procesión. Comencé a preguntar por ella, pero me la negaban y yo, tal cual me lo dijo la vecina,  la veía en todas partes,  como a una presencia ubicua e intermitente.

¿La protegían?, ¿de mí? 


Reconozco que yo estaba estaba como loco buscándola entre la multitud. Y en un verdadero juego de las escondidas llegamos a un templo.

Ahí la vi materializarse, se hizo concreta finalmente. Pero cuando pensé que estaba todo bien ella terminó conmigo. Rápida y quirúrgica, no permitió preguntas ni escenas. Ni siquiera me dio la posibilidad de preguntarle qué era lo que estaba terminando entre nosotros.

Llovía a cántaros, pero yo me fui caminando a casa. Fue extraño todo. Yo caminaba por el centro  de la calle ya anochecida, y nada me importaba; llovía y yo permanecía inconcebiblemente SECO. 


¿El dolor aisló mi cuerpo actuando como una secadora interna o es que alguien me protegía?

Y de pronto me encandila un bus sin pasajeros en medio de la noche, en sentido contrario a mi ruta. Pero yo supe en seguida que no era cualquier bus, y el conductor cuyo rostro no logro recordar me llevó gentilmente a casa.

Fue extraño porque el viaje que dura 30 minutos desde donde yo me subí tardó sólo un instante, fue un instante que si pudiera medir con medidas humanas no supera los 10 segundos. 

Llegué a casa seco, sí, mientras afuera diluviaba y mamá tocándome la ropa y el pelo, y ella tampoco entendía porque yo estaba seco,  y yo tarjando en el calendario un año de una suerte de pololeo que terminaba de la forma   más confusa imaginable.  
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