LA SÚPER ABUELA, UN HOMENAJE TARDÍO, PERO NECESARIO



La llamábamos súper abuela, en realidad nunca nos enteramos de su nombre. Sólo recuerdo que era una viejecita encantadora, con voz de niña y cintura de bailarina.   

Reconozco que éramos unos niños de moledera jugando  a tocar el timbre de la casa de súper abuela y correr, pero en vano porque nunca se asomó. Tan lúcida era su inteligencia que finalmente nos aburríamos de molestarla.

Súper abuela fue una mujer enamorada de la vida, dueña de una sonrisa tan amplia que dejaba al descubierto su bien conservada dentadura alba.

A su cuarto ingresaban jovencitos deseosos de aprender los inescrutables secretos del amor. Ella los iniciaba a su manera, enseñándoles las  imágenes en blanco y negro de unos libros horrendos para nuestra tierna edad, donde se podía observar  a una  abuela más joven teniendo sexo con un abuelo que en paz descanse.

Los más osados obtenían mínimos escarceos amorosos que ella siempre detenía en la puerta del horno. Era enamorada, pero no pedófila.

Su bastón hacía las veces de fiel perro. Lo manejaba con tal destreza que era obvio que no otro era el sentido de blandirlo así de amenazante. Se  contaba que ella sola había derrotado a una pandilla de maleantes de abuelas a punta de certeros bastonazos.

La abuela taconeaba que era un escándalo, que ya viene la abuela 100 metros antes avisaba congelándonos el entendimiento verla pasar tan erguida, con una edad indefinible y una belleza rebuscada y recóndita.

Quién no se enamoró de la abuela y alentado por el mito que se le atribuía de conservar un cuerpo de doncella,  se le declaró hundido hasta el mimbre en su mullido  sillón de piel de cocodrilo famélico. La abuela te escuchaba atenta mientras iba copa tras copa de unos brebajes vinosos preparados por ella misma. Pero no te ofrecía más que limonadas agrias que te bajaban unas ganas locas de orinar, entonces te comenzabas a aguantar mientras te venían unos retorcijones insoportables que te limitaban en todo sentido.  Luego comprendí el porqué de esa mueca extraña, rictus conciso, y era que reía contenida, para sus adentros,  como niña de entendimiento aventajado con nuestras ocurrencias de adolescentes torpes y ganosos.

Al final siempre te ibas de su casa con la sensación de que la amarías por siempre, pero como se ama a una actriz de cine, mientras muchos se orinaban trastabillando entre el final del pasillo y el rellano de la puerta de calle.

Escribía, y mucho, lo sé porque yo le llevaba mis poemas de niño y ella me enseñaba sus libros ilustrados con unos dibujos maravillosos hechos por ella misma. Se trataba de unas historias noveladas, sublimes. Yo permanecía  horas, días enteros leyendo en su salita de estar, porque sus libros eran inllevables. Los cuidaba con celo. Todo lo que soy, y lo que no soy, se lo debo a esas lecturas.
No escribas poesía, me aconsejaba, te morirás joven e incomprendido. Los poetas le hacen mal a la economía. Y tardé hasta los 15 años en hacerle caso, bueno, en realidad yo dejé la poesía el día de su muerte. Sólo entonces nos enteramos con pavor que ya tenía mucho más de 100 años, aunque demostraba menos  de 80.

La lloramos como se lamenta la pérdida de un ser muy querido. Su funeral rebozó de jovencitos que no atinaban a entender el porqué de ese dolor entre las piernas que luego subía reptando al corazón y finalizaba con ahogos hipados.

 A Súper Abuela la enterraron junto a su bastón y en su testamento estableció claramente que sus libros debían quemarlos. Para tal efecto vino un hombre todo de negro y tan vetusto o más que ella. Se quedó a vivir un tiempo sin dar señales de vida hasta que la madrugada de un sábado apiló cinco metros de libros en el pequeño patio. Una verdadera pena fue perder esa literatura acumulada en cien años de fecundidad asombrosa. Luego el hombre regresó al interior de la casa y nunca más salió.
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