El crack

Sabido es que el orillero no es de dar pases. En compensación quita muchos balones, cuatro de cada cinco cruces los gana él. Ya con el balón cosido al botín emprende veloces carrerones por el ala derecha, pisando la huella de cal. Como se sabe rápido y dribleador apila rivales como palitroques, y cuando recala en el arco rival prueba al arco sin titubear ni parpadear.

De cada cinco llegadas una es gol seguro y como llega cinco veces por tiempo el cálculo es simple, dos goles te asegura el orillero por partido. Pero el hombre no da pases, y eso es  un problema porque si la tocara sería un jugador de clase mundial, y por qué no das pases le pregunta y quien le pregunte su respuesta es la misma porque él se compromete con la jugada y lo que empieza lo termina. Raro, porque con ese egoísmo genera anticuerpos entre sus compañeros que hablan de él a sus espaldas, cómo es eso de que no nos dé el balón, quién se cree.

Aunque es negativo para el grupo estadísticamente el orillero gana partidos, y ante ese dato duro los dirigentes lo bancan, por un tiempo, hasta que inexorablemente la misma presión hace insostenible su permanencia y lo sacan de los equipos, pero mientras dure el orillero se sale con la suya, y dónde capture el balón pica a toda velocidad como un rayo, le han cronometrado 10 segundos en los 100 metros, y tiene un remate potente que si afinara la puntería se lo llevara el Barcelona, pero al orillero no le interesan los consejos, lo de él es disfrutar el vértigo de esos piques imposibles botando rivales con ese quiebre rápido de cintura que tiene y que vuelve locos a los defensas que no lo pueden pillar y el portero sabe que se viene un misil al ángulo, y ruega que se le vaya desviado. El orillero es un crack.

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